Cuando tembló, en 1985, no lo sentí. Yo tenía 12 años e iba en mi camioncito, de camino a la escuela. No lo sentí.
Al llegar, nos reunieron en el "patio grande" y nos tuvieron ahí un buen rato. Las maestras y las monjas hablaban entre ellas sin hacernos caso, mientras nosotras jugábamos y disfrutábamos de un rato al aire libre, sin clases. Finalmente, nos mandaron de regreso a nuestras casas.
Lo siguiente que recuerdo son flashazos: imágenes en la televisión de edificios caídos; repeticiones del noticiaro matutino, donde una mujer que me caía bien decía "está temblando" y de pronto, la pantalla se llenó de "arañitas": era el edificio de Televisa, desplomándose ante nuestros ojos.
Yo estaba en los scouts, así que mi siguiente recuerdo es de mí misma, con mi patrulla, recorriendo las calles de la ciudad en ruinas, contemplando unas como lenguas grises que asomaban de entre las losas de los edificios desplomados; tardé años -literalmente años- en darme cuenta de que eran las cortinas. Nuestra labor consistía en entrar en los edificios a punto de derrumbarse para repartir unas capsulitas azules, de cloro, para el agua; eso y tratar de convencer a la gente de salirse; pero quién chingados le iba a hacer caso a una niña de 12 años...
Recuerdo caminar por las calles del Centro, brincando por encima de los abismos que se abrían en el piso, enormes grietas que corrían por enmedio de las calles; todo el mundo caminaba; no había carros ni camiones, porque no podían pasar, y el olor a muerto y a podredumbre se me pegaba en el uniforme y en el cabello.
Y recuerdo claramente el rostro de mi hermano, un jovencito de 15 años en ese momento, tras haber pasado todos esos días entre los escombros, sacando gente, viendo a hombre diminutos e increíblemente valientes, convertirse en "topos". Tenía las manos llenas de heridas y las uñas rajadas, porque había estado trabajando a mano limpia casi todo el tiempo.
Los años pasaron mientras yo crecía en una metrópoli a medio derruir. Me acostumbré a la faz chimuela de mi ciudad; así la caminé entera, de día y de noche, y así aprendí a amarla, llena de huecos y baldíos de los edificios que se cayeron en el '85; vecindades medio apuntaladas con vigas de madera que poco a poco se pudrieron con los años; edificios condenados, a los que los damnificados se metieron nuevamente cuando vieron que el gobierno no les iba a resolver nada; campamentos con más damnificados, que vivieron a la interperie durante más de una década; mucho más, de hecho.
Cuando hace cosa de 13 años, o poco más, comenzaron a tirar (¡por fin!) los edificios dañados por el temblor, el rostro de la ciudad cambió otra vez; de pronto, el Centro Histórico dejó de ser barrio mugroso y se convirtió en una zona turística de altos vuelos... pero sólo de Palacio Nacional a Hidalgo; hacia el oriente, todo quedó igual. Era como si fueran dos ciudades; una, nueva, llena de modernos edificios carísimos y tiendas y cafecitos de ciudad primermundista, y otra, la de siempre, hacinada, mugrosa y miserable.
Empecé a sentirme distanciada de la ciudad; no la reconocía.
En esos años, me dediqué a tomar cuanto curso encontré de primeros auxilios y para ser rescatista, hasta que fui capaz de manejar una línea de vida, que es la cuerda que llevan los topos en la cintura antes de sumergirse en los escombros; con ella se comunican, piden ayuda, dan indicaciones y es, tal cual su nombre lo indica, la línea que los mantiene con vida. Es, pues, una suerte de hilo de Ariadna, por lo que, en cierta forma, podemos decir que me entrené para hacerla de Ariadna ante el Laberinto de Daédalus, sólo que mi Teseo sería un topo (que para mí son el no-va-más de la virilidad y la gallardía) y el Minotauro, las fauces abiertas del concreto a punto de desplomarse.
Cada 19 de septiembre, nos acordábamos de los muertos y yo les hablaba a mis estudiantes de las varillas retorcidas y de la ciudad a medio derruir; pero ellos nomás me miraban, medio incrédulos, con cara de "¿y ya se sienten héroes por haber vivido eso?" Era una mirada inquietante, porque aquí a diario tiembla y, con frecuencia, tiembla tan fuerte que hasta lo sentimos. Pero nunca como en el '85. Y a mí me daba pánico que se les olvidara; yo quería prestarles mi memoria, para que la siguiente vez, si había una siguiente, corrieran; que corrieran, corrieran, corrieran por su vida.
Y así pasaron 32 años.
...
¡Dios, qué difícil es escribir esto! Pero prometí escribirlo y eso haré... como si algo en la escritura pudiera traer de regreso a los muertos.
... pasaron, decía, 32 años. Y volvió a temblar.
Esta vez sí lo sentí. Corrí por el pasillo que conecta mi recámara con la puerta de la calle, pero temblaba tan fuerte que no podía avanzar, el movimiento me lanzaba de lado a lado, como si estuviera dentro de una sonaja enloquecida; me di un golpe muy fuerte en un hombro y me hice varios rasguños, pero logré llegar a la puerta, que no se dejaba abrir, porque no le atinaba con la llave a la cerradura y la tierra empezó a crujir bajo mis pies...
Logré salir a trompicones del edificio y ya mis vecinos estaban afuera. Una de ellas empezó a llorar cuando me vio. Me crucé la calle y quise sentarme en el piso, porque sentía que el movimiento me tiraba, pero me quedé, fascinada, viendo cómo un poste que sostiene el transformador se balanceaba brutalmente, a punto de estrellarse contra el edificio de la esquina.
El temblor se detuvo.
Sin embargo, la tierra siguió crujiendo todavía un momento más y nosotros seguíamos mirando el transformador convertido en péndulo, a la espera de que se estrellara y se encajara en el edificio. No sucedió. Y poco a poco nos dimos cuenta de que había terminado.
Yo volví a entrar en mi edificio; agarré mi mochila, metí todos mis documentos importantes y mi kit de emergencia, y me lancé a la calle. Pero al salir, me pasmé. No fui capaz de reaccionar. Y en lugar de irme corriendo a las zonas de desastre, que estaba segura de que las había, me puse a dar vueltas por la cuadra. Me tardé más de dos horas en volver a entrar a mi edificio y empezar a ver las noticias en redes sociales. Y no fue sino hasta la noche, cuando descubrí que me faltaba una alumna, que empecé a funcionar de manera coherente. Pasé media noche buscándola a ella y el resto, pasando información y empezando a ver qué hacía falta y en dónde.
Ésa fue la primera noche de un día larguísimo que parecía no terminar a pesar de que pasaban los días y más tardes con sus noches; me acostaba a dormir, pero descansaba poco y a saltos, para despertar muy temprano en la mañana cuando encendía de un manotazo el celular a ver en qué íbamos, qué hacía falta, adónde había que ir, me vestía y salía corriendo... ¡qué día más largo y más terrible!
Hice todo lo que pude y todo lo que se me ocurrió; todo. No dejé nada sin hacer. Pero cada vez que regresaba a mi casa a descansar, a bañarme, a repostear, sentía un dolor indescriptible de privilegio, por tener casa, por tener ropa limpia, por poder bañarme con agua caliente. Y es que yo sabía, clara y hondamente, que ese privilegio, el privilegio de estar viva cuando tantos estaban muertos, cuando tantos estaban muriendo de miedo y de sed mientras esperaban a que los rescataran, era no sólo el producto de la suerte, sino que además, es un privilegio que con nada puede ser pagado. Con nada.
Y podría hablarles de San Gregorio y la gente bienintencionada pero estúpida que es tan peligrosa en casos de emergencia; de los ecatzingas, que no se sentaron a llorar sino que derrumbaron a golpes de mazo lo poco que quedó en pie para levantar todo de nuevo, desde cero, y sólo respetaron los cimientos; les podría hablar del silencio larguísimo que se hizo cuando levantaron la losa y todos nos quedamos absolutamente inmóviles, esperando a ver si la estructura resistía o si al mover la losa se iría todo abajo; el terror de que al levantarse la chingada losa lo de abajo cediera, cuando todavía había gente viva allá, en las entrañas del Minotauro; podría decirles que quité casi a patadas una cuna rota del camino y sólo hasta que llegué a mi casa me di cuenta de que lo había hecho para que la familia no la viera.
Les podría hablar de las 120 tortas que hicimos y que luego no hallábamos a quién darle; del coordinador de un albergue tristísimo que se salió a tomar fotos con una rescatista israelí; del chico que se dejó caer en la banqueta, completamente abatido, porque no encontraba a quién ayudar; de la pala mecánica que se nos venía encima porque a Mancera ya le urgía que se murieran todos para empezar a quitar escombros; podría, y quizá debería, decirles cómo la lengua se te convierte en estropajo de tan seca debajo del tapabocas y de la tristeza absoluta que te invade en la regadera cuando enjabonas tu nombre escrito con tinta indeleble en el brazo, junto con tu tipo de sangre y un teléfono de contacto, y ves cómo se van borrando conforme los tallas con el estropajo, porque quién sabe por qué, tú sigues viva y ellos no.
Pero no. No.
De lo que debo hablar es de los muertos. Y de la impotencia que da no haber podido sacarlos vivos. De cómo no reconoces un codo que se asoma entre los escombros, porque está lleno de polvo y parece otro escombro más. Del momento en el que algo se... rompe adentro de ti y piensas "no importa, no importa que estén muertos; también a ellos hay que sacarlos, porque sus familias están vivas y los necesitan", pero lo piensas así porque justo es eso lo que más importa, que están muertos y no hay nada que puedas hacer al respecto, porque todo tu chingado entrenamiento no sirvió para nada, porque ni tu salud ni tu condición física son los de hace 15 años y ya no sirves para Ariadna, y una parte básica del entrenamiento es saber cuándo retirarte, aceptar cuando ya no eres capaz y dejar que otros avancen y tomen el lugar que era tu obligación llenar... Entonces, el único entrenamiento que te queda y que aún sirve, es el del corazón.
Así que no te queda más que reconocer que eres una pinche inútil y haces tortas, reúnes acopio, revisas albergues, barres basura, paleas escombros, consuelas a los vivos y les pones en los brazos a sus muertos. Y lloras, porque estás viva. Y porque estar viva es un privilegio que nunca vas a poder pagar.