Había una vez un príncipe que vivía en un reino muy lejano; era un reino muy chiquito y aburrido. El príncipe tenía tres hermanos que lo amaban, pero de los que se sentía apartado, sin saber exactamente por qué. Conforme crecía, el sentimiento de saberse ajeno lo fue consumiendo cada vez más y más, aparte de que detestaba el protocolo y las costumbres anticuadas de su pueblo. Así que, un día, decidió marcharse.
Su padre, que lo amaba profundamente, se sintió muy triste por su partida; pero el rey era un hombre que nunca expresaba sus emociones, por lo que no supo decirle al príncipe "quédate", así que lo miró partir con el rostro impasible, mientras su corazón lloraba amargamente.
El príncipe llegó a la ciudad más grande del reino de Crisálida, que estaba a miles de leguas de su tierra natal, donde fue recibido con honores por los jerarcas. Al principio, como todo era nuevo, se sentía dichoso y llevó a cabo grandes empresas. Pero muy pronto, la desazón volvió a invadirlo; era un sentimiento horrible que no lo dejaba ser feliz ni disfrutar su nueva vida, sino que se pasaba el tiempo vagando por las callejuelas y rincones de la ciudad.
Una noche, después de pasar todo el día caminando sin rumbo, sumido en un gran desasosiego, soñó con una pequeña ciudad desierta, cuya mágica cualidad era que lo hacía sentirse feliz. Al despertar, sólo pudo recordar un jardín bellísimo, lleno de sol y de flores espléndidas; era un recuerdo tan claro, tan dulce, que se sintió aún más miserable que antes al darse cuenta de que había sido sólo un sueño.
Así, el príncipe pasaba cada vez más tiempo dormido, soñando con su
ciudad mágica, que despierto. Poco a poco, abandonó sus empresas y a las
personas que había conocido en Crisálida, y siempre que tenía que estar
despierto se sentía solo y miserable, por lo que se volvía a dormir y soñaba con la ciudad mágica que, noche a noche, se fue poblando, y sus habitantes eran la gente más guapa y más buena que hubiera conocido nunca, pues todos lo amaban y lo invitaban a sus casas como huésped de honor.
En una de esas veladas con sus huéspedes mágicos, le contaron que había aparecido por la ciudad una extraña criatura y que el Consejo del Pueblo ofrecía una recompensa a quien la capturara para exhibirla en el zoológico de la ciudad mágica.
-Pero, ¿qué criatura es ésa?- preguntó el príncipe.
-No se sabe con certeza; vuela, como un pájaro, pero está en llamas, como si en lugar de plumas tuviera el cuerpo cubierto con lenguas de fuego.
El príncipe se maravilló con solo imaginarla y, como le gustaba la cacería, se puso a pensar cómo podía capturar a la extraña criatura. Preguntó dónde la habían visto y se dio a la tarea de buscarla. Pasaba sus días en Crisálida y sus noches en la ciudad mágica, pensando en el pájaro ígneo; pero cuanto más lo buscaba, más lo eludía y más se obsesionaba.
Sucedió entonces que, estando despierto y vagando por Crisálida, se topó con una pequeña tienda que nunca antes había visto y que atendía una joven dulce y triste, la cual se encontraba platicando con una clienta, una mujer que no parecía tener ningún atributo especialmente atractivo, pero que al momento de mirarlo y sonreírle, hizo que el príncipe, por un momento fugacísimo, se sintiera completo y satisfecho consigo mismo. De este modo y durante un tiempo, el príncipe olvidó la ciudad mágica y dedicó sus días a reunirse con aquella mujer, que se llamaba Tsitsa y quien resultó ser una mujer de gran bondad y sabiduría.
Sin embargo, a pesar del amor que ella le profesaba y de lo bien que se sentía a su lado, a él empezó a parecerle que Tsitsa no era tan maravillosa como las mujeres de la ciudad mágica, y la encontró falta de juventud y de belleza, por lo que pronto volvió a sentir la antigua insatisfacción y se alejó de ella para volver a soñar y perseguir a la criatura de sus sueños; pero ésta simplemente había desaparecido.
Sin embargo, a pesar del amor que ella le profesaba y de lo bien que se sentía a su lado, a él empezó a parecerle que Tsitsa no era tan maravillosa como las mujeres de la ciudad mágica, y la encontró falta de juventud y de belleza, por lo que pronto volvió a sentir la antigua insatisfacción y se alejó de ella para volver a soñar y perseguir a la criatura de sus sueños; pero ésta simplemente había desaparecido.
El príncipe se entristeció tanto que se enfermó y pasaba los días sumido en un estado de semiconciencia que no lo dejaba ni soñar, ni vivir.
Una noche de lluvia, una fiebre altísima se apoderó de él y tuvo una extraña visión:
Iba caminando por una calle de Crisálida que conocía muy bien, cuando de pronto se sintió perdido; era la misma calle de siempre y, sin embargo, los edificios y las casas le eran extraños; la recorrió de arriba abajo, sin atinar a reconocer nada; entonces se puso a caminar por las calles aledañas, pero ninguna despertaba ecos en su memoria. El príncipe se sintió muy nervioso, porque por mucho que caminara, no llegaba a ningún lado; sin embargo, siguió en su empeño, convencido de que en algún momento tenía que encontrar algo conocido: un árbol, una casa o un rostro.
Ya comenzaba a desesperar cuando, al doblar una esquina, se topó con un pequeñísimo jardín en el que sólo había un rosal y un durazno que ya empezaba a perder sus hojas; y en una rama del durazno, se encontraba posado el pájaro más bello que había visto nunca en su vida: era más grande que un ganso y tenía unas bellísimas plumas doradas que desprendían cientos de diminutas lenguas de fuego. El ave se espantó al verlo y agitó sus grandes alas, provocando una lluvia de chispas a su alrededor.
-Yo sé quién eres- le dijo el ave -y sé lo que quieres; pero no lo vas a obtener, hasta que recuerdes quién eres.
El príncipe, que miraba lleno de asombro al pájaro, logró balbucir:
-Yo sé perfectamente quién soy.
El pájaro lo miró con desaprobación y le dijo:
-Entonces, dime tu nombre.
El príncipe abrió la boca para pronunciarlo, pero de pronto se dio cuenta de algo extraordinario: ¡la voz del pájaro era exactamente igual que la de Tsitsa! Y en ese momento, olvidó su propio nombre; por más que se esforzó, no fue capaz de recordarlo.
El pájaro se rió de él y, alzando el vuelo, le gritó:
-¡Regresa cuando recuerdes quién eres!
A la mañana siguiente, el príncipe se despertó, empapado en sudor y muy sediento, pero con la mente clara. Junto a él, brillando bajo la luz matutina, una pluma dorada resplandecía. El príncipe la tomó entre sus manos y la acarició, encantado con su tacto suave y cálido, y tomó una decisión.
Se levantó, tomó un baño, se puso sus mejores vestidos y preparó su equipaje para regresar a su reino.
Al llegar, cuál no fue su sorpresa al ver que su padre lo esperaba en el mismo lugar donde se habían despedido. El rey estaba muy emocionado, lo cual significa que su rostro reflejaba la misma impasibilidad pétrea de siempre, pero al ver a su hijo, clamó: "¡¡Iván!!"
El príncipe, al oír su nombre en la voz rota por la emoción de su padre, se dio cuenta por primera vez de cuánto lo amaba el rey. Lo abrazó, le ofreció la pluma de fuego y pasó la noche contándole a su familia sus aventuras.
Muy temprano, a la mañana siguiente, su padre se acercó a su habitación antes de que todos se levantaran. Se sentó en la orilla de la cama y sin decir nada, le tendió la pluma de fuego. Iván la tomó de las manos del rey, lo miró a los ojos y le echó los brazos al cuello, como si fuera un niño. Su padre lo rodeó con sus brazos y, sonriendo, le preguntó: "entonces, ¿qué vas a hacer ahora?"
Un mes después, Iván emprendió el camino de regreso a Crisálida con la esperanza de encontrar a Tsitsa y dispuesto a vivir una vida digna del regalo que le había sido ofrecido: su nombre, su linaje y la certeza del amor de su padre.
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