Hace dos años
estaba preparándome para un viaje en el que no tenía la menor idea de qué iba a
encontrar.
Fui, como se debe ir de viaje a un
lugar desconocido: sin más expectativas que dejarme llenar por todo lo nuevo
que fuera a presenciar. Llevaba, sin embargo, un par de ideas preconcebidas:
que los gringos eran mensos y que hubiera preferido un dormitorio en el campus.
Ajá. La mensa era otra.
Lo que encontré fue una hospitalidad
que sólo sentí de niña en casa de mi abuela; una naturaleza helada y colosal,
cuya belleza sólo es comparable al olor de la tierra en Oaxaca; un río que
borbotea en sentido contrario, que se ensancha y contiene, y se estrecha y casi
desaparece pero fluye, incesante; y creo que hasta que lo vi no entendí
cabalmente la figura de la vida como un río. Mi vida, como ese río.
Encontré una casa llena de mujeres, distintas entre sí como el cielo del
mar, serias, reidoras, burlonas, comprensivas, chispeantes, calladas, inteligentes,
todo a la vez; sus ojos, su piel y su sangre es distinta, vienen de distintas
tierras e incluso son de distintas especies, pero una de ellas, como un faro,
nos atrajo a todas -ya me incluyo, cómo no- para vivir juntas en esa casa
hermosa y convertirnos en familia.
Encontré un cielo bajito que me acunaba cada día, y una oscuridad tan negra
que hasta a mí me ahuyentó la primera semana; y una universidad chiquita y
helada y llena de maravillas, entre ellas, un árbol blanco en el patio, que ha
de ser el gemelo del de Gondor. Ahí encontré amigos que hablaban todas las
lenguas de la tierra (o al menos así me lo pareció a mí), y maestros a los que
era fácil querer con esa devoción torpe e infantil que he sentido siempre que
he tenido el placer de estar a cargo de alguien. Una vez oí cantar al abeto que
está frente al astabandera, y otra más, oí un canto extraño en el cielo; cuando
levanté la vista, descubrí una flecha que volaba: eran gansos, que se llamaban
unos a otros mientras migraban y, no sé por qué, me llené de emoción hasta las
lágrimas, como si estuviera contemplando un milagro.
Me sorprendí recorriendo calles heladas, a veces brillantes de lluvia, a
veces blancas de nieve, una vez, congeladas en invisible hielo negro por el que
me patiné mientras los cuervos se reían de mí. Una noche, un coyote me siguió
hasta mi casa-faro. Y en las mañanas, las ardillas que viven en el gigante que la
custodia, me miraban con desaprobación porque nunca les daba nada de comer.
El día que nevó, los mexicanos no reconocimos la nieve; era muy liviana
y no se amontonaba en el piso. La confundimos con aguanieve. Yo estaba
desayunando café con un rol de canela cubierto con crema de queso, una cosa
enorme y deliciosa que desapareció momentáneamente de mi radar cuando la chica
del café me dijo “es nieve” y yo sentí que las lágrimas me subían a los ojos…
¡nieve! Cuando en la noche la vi caer, como pequeños paracaídas que
sobrevolaban las calles y que, cómo no, me recordaron a Altazor, mientras cenaba con una de mis profesoras, no di
crédito de tanta belleza, de tanta buena suerte.
Me encontré con dos celebraciones impresionantes, propias de diciembre:
un servicio religioso cantado -¡era jazz!-
seguido de un ritual maravilloso con velas, y los ocho días de Hanukkah; aún
puedo escuchar la voz de mi amiga cantando la oración al encender las velas
cada noche y aún conservo los regalos con que me obsequiaron esas noches.
Conservo todo; cada foto, cada regalo, cada boleto, cada recuerdo.
Podría seguir, páginas y páginas, describiendo todo lo que vi y sentí en
ese viaje, y no lograría explicar qué fue lo que encontré. No fue sólo la belleza
monumental de sus árboles... Y no fue sólo el río o las calles, la casa-faro,
las ardillas, los gansos, el coyote ni los cuervos burlones; ni la comida
dulcísima, ni las bebidas de fantásticos sabores, ni la arquitectura, ni las
cenas compartidas, ni hablar otra lengua y reír en ella, ni los paracaídas
diminutos de la nieve que caía… sino el asombrado embobamiento con que los miré,
la maravilla que me llenaba todo el día, de la mañana a la noche, durante todos
los días de ese invierno.
Lo que encontré en Portland fue a mí. A mí, recorriendo a pie esa ciudad,
tal como alguna vez caminé la mía. Sí, era yo misma, la de siempre, pero feliz, sin pausas, sin peros, sin fecha
de caducidad.
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