sábado, 14 de abril de 2018

Dicen que los norcoreanos sufren mucho


Acabo de ver en Netflix dos documentales sobre Corea del Norte; uno se llama Under The Sun y el otro, The Propaganda Game. Antes de verlos (hace ya tiempo) vi una intervención muy conmovedora de una mujer norcoreana muy joven que pedía, con la voz quebrada y una angustia patente, que  alguien hiciera algo por los norcoreanos, porque la dictadura era cruentísima y las condiciones de vida, salvajemente opresivas: no hay libertad de expresión, ni de movimiento; hay dos clases de moneda, una que no sirve para comprar casi nada y que es la que todos ganan y otra que sólo se puede obtener trabajando para embajadas, y tal parece que las ejecuciones son un castigo más o menos común a crímenes relacionados con la traición al “amado líder”, ello descontando el hecho de que, por lo visto, sigue siendo común en ese país la existencia de campos de concentración cuyo fin no es el exterminio, sino la “reeducación” de los presos.
            Hasta aquí, todo suena a que la cosa es grave y lo que le sigue. Pero entonces uno ve los documentales y la cosa ya no es tan clara: sí, al parecer, todo lo que la chica dijo es cierto; el problema es que, si bien nadie puede salir del país, por lo visto son muy pocos los que lo desean: los sistemas educativo y laboral, así como la ideología imperante (una mezcla de marxismo y dogma religioso llamado “juche”) desde hace 65 años (¡65!) ha llevado a la gente a creer, a pie juntillas y sin asomo de dudas, que todos los norcoreanos viven en  el mejor país del mundo y que son felices. Lo más interesante es que ninguno de los dos documentales logra demostrar lo contrario, a pesar de que ambos contaban con recursos de los poderosos gringolandios, a quienes ya sabemos que se les hacen agua los bigotes nomás de pensar en establecer bases militares en ese territorio tan jugoso, tan pegadito a China, tan deseado como en su momento fue Irak y ahora la pobre Siria.
            Sin embargo, el que se titula The Propaganda Game, antes de cerrar su historia aceptando que no lograron encontrar lo que iban buscando, aclaran que en realidad todos, en cualquier país del mundo, somos sujetos de la propaganda de nuestros respectivos regímenes, y que lo único que nos defiende de creer todo lo que esa propaganda nos dice, es la información. Y, claro, como en Corea del Norte no hay flujo de información, de ningún tipo, la gente está indefensa ante el lavado de cerebro al que se ven sometidos desde que nacen.
            Y, pues, me quedé pensando…
            En cuanto a lo dicho por la chiquita norcoreana que imploró ayuda internacional, no dudo que su testimonio sea cierto; no lo dudo y lamento hondamente su sufrimiento. Sin embargo, me quedo con la impresión de que son muy poquititos los que, quién sabe cómo, no acaban de convencerse de las bondades del régimen y se vuelven el objeto de todas las violaciones a derechos humanos que ya conocemos. Todos los demás -que son la extensísima mayoría- o bien se la creen o bien, no es que lo crean pero han descubierto que bajar la cabeza es más cómodo (y más seguro), además de que hasta para mí es evidente que Corea del Norte es un país en el que puedes vivir a toda madre, siempre y cuando encuentres acomodo y satisfacción en el régimen, en cuyo caso tendrás vivienda, atención médica y educación, gratis y de primer nivel, ciudades limpias y hermosas, y suficiente libertad para toma de decisiones personales, tales como qué estudiar, en qué trabajar y con quién casarte.
            Ahora que si tuviste la pésima suerte de nacer un poquito más curioso, menos dócil, más pensante, entonces sí, qué mala pinche suerte tuviste de nacer norcoreano.
            O mexicano, ya que estamos en éstas.
            Y es que, yo no quiero parecer molesta pero aquí en México hay acceso casi irrestricto a la información, si sabes dónde buscar y estás atento a la diferencia entre información y propaganda (ambas, cosas que, viniendo de los gringos, suelen venir empaquetadas y revueltas en el mismo frasco), y aún así nos creemos todo lo que nos dicen. Y si no lo creemos, de todas maneras no hacemos nada, porque también aquí hay ejecuciones y aquí, además, hay desaparecidos, cientos de miles de desaparecidos -43, para ser exactos-; y si además naciste pensante y curioso y rebelde, te va a ir muy, pero de veras muy mal.
            Peor aun, si naces tan pobre y creces tan hambriento, física, mental y espiritualmente, que no tienes tiempo ni ganas de cuestionar tu alrededor, pero además tu sistema educativo, laboral e ideológico te tiene entrenado desde 4 generaciones atrás para ver sólo por ti y por tu familia, el problema entonces, la enorme diferencia con Corea del Norte, es que no vas a tener un hermoso departamento, ni gratis ni de ningún otro modo, ni acceso a servicios médicos de primera gratuitos; y aunque sí podrías tener educación gratuita, hasta la universidad si así lo desearas, las carencias ideológicas y económicas de tu familia te van a impedir avanzar más allá de la primaria. Quizá entres a la secundaria. Y si vives en la Ciudad de México, podrías incluso llegar hasta la preparatoria, pero hasta ahí. En cuanto a la universidad, sí, la UNAM sigue siendo -a costa de luchas estudiantiles largas y plagadas de propaganda engañosa en su contra- la única (y última en América Latina) universidad pública y gratuita; pero, ¿quién puede darse el lujo de estudiar la universidad, aunque sea gratuita, si está obligado a trabajar al mismo tiempo porque hay que pagar rentas o hipotecas que parecen infinitas, por viviendas minúsculas y deplorables, con sueldos que no llegan ni al mínimo que marca la Ley, sin prestaciones y, sobre todo, sin la menor motivación o esperanza de que algo mejor, que nos beneficie a todos, es posible?
            Y entonces, ¿qué?, ¿nos volvemos norcoreanos todos?; ¿o nos lanzamos en oleadas imparables, como mar de fondo, a los Estados Unidos?
            Ni una ni otra; aquí nos vamos a quedar, ¿verdad? Sí, aquí, donde están nuestros muertos, como en el cuento “Luvina” de Rulfo. Quizá algunos vayamos a probar suerte al Otro Lado, pero acabaremos por regresar; siempre lo hacemos. Y votar por el viejito chistoso o por el Little Chicken, por esa pobre mujer con el cerebro desarticulado o por quien sea no va a cambiar nada, y eso lo sabemos desde ahorita. Nuestra miseria es ideológica; nos la inculcaron desde hace más de medio siglo. Y sin embargo, ahí vamos a estar en julio, ante las urnas, porque esa es la propaganda que nos creemos, no importa cuánta información tengamos, nos la seguimos creyendo cada sexenio y ahí vamos, a legitimar ese cambio de estafeta al que juegan nuestros gobernantes cada sexenio, siempre a costa de nuestra patética ignorancia.
            Quizá (sólo quizás) necesitaríamos que esos pobres locos marginados, los que nacen pensantes y rebeldes y llenos de curiosidad, se convirtieran en un milagro y nos enseñaran a los demás a pensar y nos compartieran su curiosidad y se nos pegara tantito de su rebeldía, sólo la suficiente para dejar de ignorar el sufrimiento y la pobreza del de al lado, y hacer nuestras sus necesidades. A lo mejor así, a punta de empatía, podríamos empezar a pensar en tiempos mejores.
            Mientras tanto, me quedo con este amarguísimo sabor de boca después de haberme dado cuenta de que hasta los norcoreanos viven mejor que nosotros.