Acabo de ver en Netflix dos documentales
sobre Corea del Norte; uno se llama Under
The Sun y el otro, The Propaganda
Game. Antes de verlos (hace ya tiempo) vi una intervención muy conmovedora
de una mujer norcoreana muy joven que pedía, con la voz quebrada y una angustia
patente, que alguien hiciera algo por
los norcoreanos, porque la dictadura era cruentísima y las condiciones de vida,
salvajemente opresivas: no hay libertad de expresión, ni de movimiento; hay dos
clases de moneda, una que no sirve para comprar casi nada y que es la que todos
ganan y otra que sólo se puede obtener trabajando para embajadas, y tal parece
que las ejecuciones son un castigo más o menos común a crímenes relacionados con
la traición al “amado líder”, ello descontando el hecho de que, por lo visto,
sigue siendo común en ese país la existencia de campos de concentración cuyo
fin no es el exterminio, sino la “reeducación” de los presos.
Hasta
aquí, todo suena a que la cosa es grave y lo que le sigue. Pero entonces uno ve
los documentales y la cosa ya no es tan clara: sí, al parecer, todo lo que la
chica dijo es cierto; el problema es que, si bien nadie puede salir del país,
por lo visto son muy pocos los que lo desean: los sistemas educativo y laboral,
así como la ideología imperante (una mezcla de marxismo y dogma religioso
llamado “juche”) desde hace 65 años (¡65!) ha llevado a la gente a creer, a pie
juntillas y sin asomo de dudas, que todos los norcoreanos viven en el mejor país del mundo y que son felices. Lo
más interesante es que ninguno de los dos documentales logra demostrar lo
contrario, a pesar de que ambos contaban con recursos de los poderosos
gringolandios, a quienes ya sabemos que se les hacen agua los bigotes nomás de
pensar en establecer bases militares en ese territorio tan jugoso, tan pegadito
a China, tan deseado como en su momento fue Irak y ahora la pobre Siria.
Sin
embargo, el que se titula The Propaganda
Game, antes de cerrar su historia aceptando que no lograron encontrar lo
que iban buscando, aclaran que en realidad todos, en cualquier país del mundo,
somos sujetos de la propaganda de nuestros respectivos regímenes, y que lo
único que nos defiende de creer todo lo que esa propaganda nos dice, es la
información. Y, claro, como en Corea del Norte no hay flujo de información, de
ningún tipo, la gente está indefensa ante el lavado de cerebro al que se ven
sometidos desde que nacen.
Y,
pues, me quedé pensando…
En
cuanto a lo dicho por la chiquita norcoreana que imploró ayuda internacional,
no dudo que su testimonio sea cierto; no lo dudo y lamento hondamente su
sufrimiento. Sin embargo, me quedo con la impresión de que son muy poquititos
los que, quién sabe cómo, no acaban de convencerse de las bondades del régimen
y se vuelven el objeto de todas las violaciones a derechos humanos que ya
conocemos. Todos los demás -que son la extensísima mayoría- o bien se la creen
o bien, no es que lo crean pero han descubierto que bajar la cabeza es más
cómodo (y más seguro), además de que hasta para mí es evidente que Corea del
Norte es un país en el que puedes vivir a toda madre, siempre y cuando
encuentres acomodo y satisfacción en el régimen, en cuyo caso tendrás vivienda,
atención médica y educación, gratis y de primer nivel, ciudades limpias y
hermosas, y suficiente libertad para toma de decisiones personales, tales como qué
estudiar, en qué trabajar y con quién casarte.
Ahora
que si tuviste la pésima suerte de nacer un poquito más curioso, menos dócil,
más pensante, entonces sí, qué mala pinche suerte tuviste de nacer norcoreano.
O
mexicano, ya que estamos en éstas.
Y
es que, yo no quiero parecer molesta pero aquí en México hay acceso casi
irrestricto a la información, si sabes dónde buscar y estás atento a la
diferencia entre información y propaganda (ambas, cosas que, viniendo de los
gringos, suelen venir empaquetadas y revueltas en el mismo frasco), y aún así
nos creemos todo lo que nos dicen. Y si no lo creemos, de todas maneras no
hacemos nada, porque también aquí hay ejecuciones y aquí, además, hay
desaparecidos, cientos de miles de desaparecidos -43, para ser exactos-; y si además
naciste pensante y curioso y rebelde, te va a ir muy, pero de veras muy mal.
Peor
aun, si naces tan pobre y creces tan hambriento, física, mental y
espiritualmente, que no tienes tiempo ni ganas de cuestionar tu alrededor, pero
además tu sistema educativo, laboral e ideológico te tiene entrenado desde 4
generaciones atrás para ver sólo por ti y por tu familia, el problema entonces,
la enorme diferencia con Corea del Norte, es que no vas a tener un hermoso
departamento, ni gratis ni de ningún otro modo, ni acceso a servicios médicos
de primera gratuitos; y aunque sí podrías tener educación gratuita, hasta la
universidad si así lo desearas, las carencias ideológicas y económicas de tu
familia te van a impedir avanzar más allá de la primaria. Quizá entres a la
secundaria. Y si vives en la Ciudad de México, podrías incluso llegar hasta la
preparatoria, pero hasta ahí. En cuanto a la universidad, sí, la UNAM sigue
siendo -a costa de luchas estudiantiles largas y plagadas de propaganda
engañosa en su contra- la única (y última en América Latina) universidad pública
y gratuita; pero, ¿quién puede darse el lujo de estudiar la universidad, aunque
sea gratuita, si está obligado a trabajar al mismo tiempo porque hay que pagar
rentas o hipotecas que parecen infinitas, por viviendas minúsculas y
deplorables, con sueldos que no llegan ni al mínimo que marca la Ley, sin
prestaciones y, sobre todo, sin la menor motivación o esperanza de que algo
mejor, que nos beneficie a todos, es posible?
Y
entonces, ¿qué?, ¿nos volvemos norcoreanos todos?; ¿o nos lanzamos en oleadas
imparables, como mar de fondo, a los Estados Unidos?
Ni
una ni otra; aquí nos vamos a quedar, ¿verdad? Sí, aquí, donde están nuestros
muertos, como en el cuento “Luvina” de Rulfo. Quizá algunos vayamos a probar
suerte al Otro Lado, pero acabaremos por regresar; siempre lo hacemos. Y votar
por el viejito chistoso o por el Little Chicken, por esa pobre mujer con el cerebro
desarticulado o por quien sea no va a cambiar nada, y eso lo sabemos desde
ahorita. Nuestra miseria es ideológica; nos la inculcaron desde hace más de
medio siglo. Y sin embargo, ahí vamos a estar en julio, ante las urnas, porque esa es la propaganda que nos creemos, no
importa cuánta información tengamos, nos la seguimos creyendo cada sexenio y
ahí vamos, a legitimar ese cambio de estafeta al que juegan nuestros
gobernantes cada sexenio, siempre a costa de nuestra patética ignorancia.
Quizá
(sólo quizás) necesitaríamos que esos pobres locos marginados, los que nacen
pensantes y rebeldes y llenos de curiosidad, se convirtieran en un milagro y
nos enseñaran a los demás a pensar y nos compartieran su curiosidad y se nos
pegara tantito de su rebeldía, sólo la suficiente para dejar de ignorar el sufrimiento
y la pobreza del de al lado, y hacer nuestras sus necesidades. A lo mejor así, a punta de empatía, podríamos
empezar a pensar en tiempos mejores.
Mientras
tanto, me quedo con este amarguísimo sabor de boca después de haberme dado
cuenta de que hasta los norcoreanos viven mejor que nosotros.
Bueno acá nos dicen que somos uno de los 5 países más felices del mundo y, sonreimos!! Y a ser feliz se a dicho...
ResponderEliminarCiertamente, nadie está libre de propaganda.
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