Mis estudiantes de Pensamiento filosófico y yo fuimos invitados esta mañana a una mesa redonda en la que participarían tres escritoras -una más conocida que las otras-, para hablar sobre "La dicotomía represión-rebelión en la literatura contemporánea".
Sin preámbulos de ningún tipo se los digo: fue espantoso.
De por sí, escritores como Chimal, como Raquel Castro, como BEF, como Adrián Mora, como Raúl Zurita, como Peter Sears, me tienen muy malacostumbrada a la lucidez de sus ideas, a su vastísima cultura y a que, de un escritor, por más introvertido y sociopático que sea, lo menos que se puede esperar es inteligencia y una cultura literaria suficiente que le impida decir cosas como "mi primer novela" y "me di cuenta que estoy traumada con ese tema", ello sin contar con que todo lo que dijeron fue opinología pura; de hecho, una de ellas parecía haberse aprendido de memoria los memes del muro de facebook de "Intelligence is sexy", mientras que la otra fue incapaz de enunciar una idea entera, porque tartamudeaba y saltaba de una idea a otra sin atinar a completar ninguna. Y aunque concuerdo con Stephen King respecto a que los escritores son buenos para escribir, no para hablar, y estoy bien dispuesta a darle el beneficio de la duda a la chica tartamudeante, me comprometo en cambio a no perder mi tiempo leyendo nada que haya sido escrito por la cuatita reaccionaria repetidora de memes chafas y quesque positivos.
La tercera escritora se ganó al público cuando, para hablarnos de su proceso creativo, nos contó, con hartos detalles, cómo su marido le puso el cuerno cuando estaba embarazada de su segunda hija...
Yo no cabía en mí de pena ajena; me explico: yo estaba dando una clase con base en la lectura "La apariencia" de Hanna Arendt, y a mis estudiantes no sólo les estaba gustando el desafío de vérselas con Arendt, sino que les estaba resultando realmente interesante el tema, así que para convencerlos de interrumpir nuestra clase les dije que iba a estar muy buena la mesa redonda, "porque miren, van a estar fulanita de tal y también perenganita", y ¡zaz!, que me salen con que no fueron para sentarse a pensar con calma en el tema a discutir, investigar, ponerse a leer, traer alguna idea, alguna propuesta, alguna sugerencia de lectura... o sea, ¡es la UNAM, no la universidad patito que está a la vuelta de la esquina!
Fíjense ustedes: sólo una de las tres mamacitas que se presentaron hoy (la que nos contó cómo le pusieron el cuerno su esposo y su prima) se tomó la
molestia de abrir un diccionario para ver las definiciones de
"reprimido" y "rebeldía"; como no le gustó la de "rebeldía" decidió que la definición estaba mal porque no define nada (sic), y ya, esa fue toda la investigación que hizo para presentarse el día de hoy; el resto fue su opinión personal, fundamentada en la nada, sin argumentar, sin ofrecer ideas de contraste, o bibliografía, o su propia lectura del asunto a la luz de sus lecturas o de su quehacer como escritora... nada. Y ella fue la que mejor habló de las tres.
Una vez leí una publicación de cierta escritora (una que no estuvo hoy presente, pero que muy bien hubiera podido acompañar a éstas) que dice que cuando no le pagan, no prepara sus charlas. A lo mejor por ahí estuvo el problema hoy. Personalmente, si no me pagan, preparo mi charla exactamente igual que si me fueran a solucionar mi vida económica por los próximos seis meses, porque me parece que, me paguen o no me paguen, mi nombre siempre es el mismo y, por ende, las tarugadas o genialidades que diga van a tener el mismo efecto en quienes me escuchen. Se me figura, pues, que de hacer las cosas mal hechas a no hacerlas, conviene más lo segundo: si no van a hacer las cosas bien porque no les pagan, entonces mejor no acepten las invitaciones.
A últimas, es muy posible que ni siquiera tenga que ver con una cuestión económica, sino con algún otro motivo que escapa a mi comprensión. Lo mejor que puedo decir acerca de las tres ponentes de esta mañana es que espero muy sinceramente que escriban mejor de lo que hablan.
En cuanto a mis estudiantes... ¡ay!, yo nomás les veía las caritas de incredulidad y los veía mirarme de reojo para ver de qué ponía yo cara, si aquello era en serio, si de veras por eso habíamos dejado a la mitad nuestra discusión sobre el ser y la apariencia...
Yo quería que me tragara la tierra; o sea, ¿con qué cara llego yo a ponerme roñosa con los muchachos por que usan el lenguaje a lo güey, por que opinan en lugar de argumentar con base en análisis, por hacer afirmaciones sin investigar bien sus fuentes y por querer hacer pasar generalizaciones por argumentos de autoridad y emitir juicios morales disfrazados de juicios estéticos... si hoy, en un recinto universitario de posgrado, mis colegas y muchos de sus compañeros les aplaudieron a rabiar a tres mujeres que hicieron justamente estas cosas, y hasta flores les regalaron!?
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