lunes, 20 de noviembre de 2017

19S, 07:19 - 13:14

Cuando tembló, en 1985, no lo sentí. Yo tenía 12 años e iba en mi camioncito, de camino a la escuela. No lo sentí.
     Al llegar, nos reunieron en el "patio grande" y nos tuvieron ahí un buen rato. Las maestras y las monjas hablaban entre ellas sin hacernos caso, mientras nosotras jugábamos y disfrutábamos de un rato al aire libre, sin clases. Finalmente, nos mandaron de regreso a nuestras casas. 
     Lo siguiente que recuerdo son flashazos: imágenes en la televisión de edificios caídos; repeticiones del noticiaro matutino, donde una mujer que me caía bien decía "está temblando" y de pronto, la pantalla se llenó de "arañitas": era el edificio de Televisa, desplomándose ante nuestros ojos.
     Yo estaba en los scouts, así que mi siguiente recuerdo es de mí misma, con mi patrulla, recorriendo las calles de la ciudad en ruinas, contemplando unas como lenguas grises que asomaban de entre las losas de los edificios desplomados; tardé años -literalmente años- en darme cuenta de que eran las cortinas. Nuestra labor consistía en entrar en los edificios a punto de derrumbarse para repartir unas capsulitas azules, de cloro, para el agua; eso y tratar de convencer a la gente de salirse; pero quién chingados le iba a hacer caso a una niña de 12 años...
     Recuerdo caminar por las calles del Centro, brincando por encima de los abismos que se abrían en el piso, enormes grietas que corrían por enmedio de las calles; todo el mundo caminaba; no había carros ni camiones, porque no podían pasar, y el olor a muerto y a podredumbre se me pegaba en el uniforme y en el cabello.
     Y recuerdo claramente el rostro de mi hermano, un jovencito de 15 años en ese momento, tras haber pasado todos esos días entre los escombros, sacando gente, viendo a hombre diminutos e increíblemente valientes, convertirse en "topos". Tenía las manos llenas de heridas y las uñas rajadas, porque había estado trabajando a mano limpia casi todo el tiempo.
     Los años pasaron mientras yo crecía en una metrópoli a medio derruir. Me acostumbré a la faz chimuela de mi ciudad; así la caminé entera, de día y de noche, y así aprendí a amarla, llena de huecos y baldíos de los edificios que se cayeron en el '85; vecindades medio apuntaladas con vigas de madera que poco a poco se pudrieron con los años; edificios condenados, a los que los damnificados se metieron nuevamente cuando vieron que el gobierno no les iba a resolver nada; campamentos con más damnificados, que vivieron a la interperie durante más de una década; mucho más, de hecho.
     Cuando hace cosa de 13 años, o poco más, comenzaron a tirar (¡por fin!) los edificios dañados por el temblor, el rostro de la ciudad cambió otra vez; de pronto, el Centro Histórico dejó de ser barrio mugroso y se convirtió en una zona turística de altos vuelos... pero sólo de Palacio Nacional a Hidalgo; hacia el oriente, todo quedó igual. Era como si fueran dos ciudades; una, nueva, llena de modernos edificios carísimos y tiendas y cafecitos de ciudad primermundista, y otra, la de siempre, hacinada, mugrosa y miserable.
     Empecé a sentirme distanciada de la ciudad; no la reconocía.
     En esos años, me dediqué a tomar cuanto curso encontré de primeros auxilios y para ser rescatista, hasta que fui capaz de manejar una línea de vida, que es la cuerda que llevan los topos en la cintura antes de sumergirse en los escombros; con ella se comunican, piden ayuda, dan indicaciones y es, tal cual su nombre lo indica, la línea que los mantiene con vida. Es, pues, una suerte de hilo de Ariadna, por lo que, en cierta forma, podemos decir que me entrené para hacerla de Ariadna ante el Laberinto de Daédalus, sólo que mi Teseo sería un topo (que para mí son el no-va-más de la virilidad y la gallardía) y el Minotauro, las fauces abiertas del concreto a punto de desplomarse.
     Cada 19 de septiembre, nos acordábamos de los muertos y yo les hablaba a mis estudiantes de las varillas retorcidas y de la ciudad a medio derruir; pero ellos nomás me miraban, medio incrédulos, con cara de "¿y ya se sienten héroes por haber vivido eso?" Era una mirada inquietante, porque aquí a diario tiembla y, con frecuencia, tiembla tan fuerte que hasta lo sentimos. Pero nunca como en el '85. Y a mí me daba pánico que se les olvidara; yo quería prestarles mi memoria, para que la siguiente vez, si había una siguiente, corrieran; que corrieran, corrieran, corrieran por su vida.
     Y así pasaron 32 años.
     ...
     ¡Dios, qué difícil es escribir esto! Pero prometí escribirlo y eso haré... como si algo en la escritura pudiera traer de regreso a los muertos.

     ... pasaron, decía, 32 años.  Y volvió a temblar.
     Esta vez sí lo sentí. Corrí por el pasillo que conecta mi recámara con la puerta de la calle, pero temblaba tan fuerte que no podía avanzar, el movimiento me lanzaba de lado a lado, como si estuviera dentro de una sonaja enloquecida; me di un golpe muy fuerte en un hombro y me hice varios rasguños, pero logré llegar a la puerta, que no se dejaba abrir, porque no le atinaba con la llave a la cerradura y la tierra empezó a crujir bajo mis pies... 
     Logré salir a trompicones del edificio y ya mis vecinos estaban afuera. Una de ellas empezó a llorar cuando me vio. Me crucé la calle y quise sentarme en el piso, porque sentía que el movimiento me tiraba, pero me quedé, fascinada, viendo cómo un poste que sostiene el transformador se balanceaba brutalmente, a punto de estrellarse contra el edificio de la esquina.
     El temblor se detuvo. 
     Sin embargo, la tierra siguió crujiendo todavía un momento más y nosotros seguíamos mirando el transformador convertido en péndulo, a la espera de que se estrellara y se encajara en el edificio. No sucedió. Y poco a poco nos dimos cuenta de que había terminado.
     Yo volví a entrar en mi edificio; agarré mi mochila, metí todos mis documentos importantes y mi kit de emergencia, y me lancé a la calle. Pero al salir, me pasmé. No fui capaz de reaccionar. Y en lugar de irme corriendo a las zonas de desastre, que estaba segura de que las había, me puse a dar vueltas por la cuadra. Me tardé más de dos horas en volver a entrar a mi edificio y empezar a ver las noticias en redes sociales. Y no fue sino hasta la noche, cuando descubrí que me faltaba una alumna, que empecé a funcionar de manera coherente. Pasé media noche buscándola a ella y el resto, pasando información y empezando a ver qué hacía falta y en dónde.
     Ésa fue la primera noche de un día larguísimo que parecía no terminar a pesar de que pasaban los días y más tardes con sus noches; me acostaba a dormir, pero descansaba poco y a saltos, para despertar muy temprano en la mañana cuando encendía de un manotazo el celular a ver en qué íbamos, qué hacía falta, adónde había que ir, me vestía y salía corriendo... ¡qué día más largo y más terrible! 
     Hice todo lo que pude y todo lo que se me ocurrió; todo. No dejé nada sin hacer. Pero cada vez que regresaba a mi casa a descansar, a bañarme, a repostear, sentía un dolor indescriptible de privilegio, por tener casa, por tener ropa limpia, por poder bañarme con agua caliente. Y es que yo sabía, clara y hondamente, que ese privilegio, el privilegio de estar viva cuando tantos estaban muertos, cuando tantos estaban muriendo de miedo y de sed mientras esperaban a que los rescataran, era no sólo el producto de la suerte, sino que además, es un privilegio que con nada puede ser pagado. Con nada.
     Y podría hablarles de San Gregorio y la gente bienintencionada pero estúpida que es tan peligrosa en casos de emergencia; de los ecatzingas, que no se sentaron a llorar sino que derrumbaron a golpes de mazo lo poco que quedó en pie para levantar todo de nuevo, desde cero, y sólo respetaron los cimientos; les podría hablar del silencio larguísimo que se hizo cuando levantaron la losa y todos nos quedamos absolutamente inmóviles, esperando a ver si la estructura resistía o si al mover la losa se iría todo abajo; el terror de que al levantarse la chingada losa lo de abajo cediera, cuando todavía había gente viva allá, en las entrañas del Minotauro; podría decirles que quité casi a patadas una cuna rota del camino y sólo hasta que llegué a mi casa me di cuenta de que lo había hecho para que la familia no la viera. 
     Les podría hablar de las 120 tortas que hicimos y que luego no hallábamos a quién darle; del coordinador de un albergue tristísimo que se salió a tomar fotos con una rescatista israelí; del chico que se dejó caer en la banqueta, completamente abatido, porque no encontraba a quién ayudar; de la pala mecánica que se nos venía encima porque a Mancera ya le urgía que se murieran todos para empezar a quitar escombros; podría, y quizá debería, decirles cómo la lengua se te convierte en estropajo de tan seca debajo del tapabocas y de la tristeza absoluta que te invade en la regadera cuando enjabonas tu nombre escrito con tinta indeleble en el brazo, junto con tu tipo de sangre y un teléfono de contacto, y ves cómo se van borrando conforme los tallas con el estropajo, porque quién sabe por qué, tú sigues viva y ellos no. 
     Pero no. No.
     De lo que debo hablar es de los muertos. Y de la impotencia que da no haber podido sacarlos vivos. De cómo no reconoces un codo que se asoma entre los escombros, porque está lleno de polvo y parece otro escombro más. Del momento en el que algo se... rompe adentro de ti y piensas "no importa, no importa que estén muertos; también a ellos hay que sacarlos, porque sus familias están vivas y los necesitan", pero lo piensas así porque justo es eso lo que más importa, que están muertos y no hay nada que puedas hacer al respecto, porque todo tu chingado entrenamiento no sirvió para nada, porque ni tu salud ni tu condición física son los de hace 15 años y ya no sirves para Ariadna, y una parte básica del entrenamiento es saber cuándo retirarte, aceptar cuando ya no eres capaz y dejar que otros avancen y tomen el lugar que era tu obligación llenar... Entonces, el único entrenamiento que te queda y que aún sirve, es el del corazón. 
     Así que no te queda más que reconocer que eres una pinche inútil y haces tortas, reúnes acopio, revisas albergues, barres basura, paleas escombros, consuelas a los vivos y les pones en los brazos a sus muertos. Y lloras, porque estás viva. Y porque estar viva es un privilegio que nunca vas a poder pagar.


    

jueves, 9 de noviembre de 2017

Pájaro de fuego

Había una vez un príncipe que vivía en un reino muy lejano; era un reino muy chiquito y aburrido. El príncipe tenía tres hermanos que lo amaban, pero de los que se sentía apartado, sin saber exactamente por qué. Conforme crecía, el sentimiento de saberse ajeno lo fue consumiendo cada vez más y más, aparte de que detestaba el protocolo y las costumbres anticuadas de su pueblo. Así que, un día, decidió marcharse.
     Su padre, que lo amaba profundamente, se sintió muy triste por su partida; pero el rey era un hombre que nunca expresaba sus emociones, por lo que no supo decirle al príncipe "quédate", así que lo miró partir con el rostro impasible, mientras su corazón lloraba amargamente.
     El príncipe llegó a la ciudad más grande del reino de Crisálida, que estaba a miles de leguas de su tierra natal, donde fue recibido con honores por los jerarcas. Al principio, como todo era nuevo, se sentía dichoso y llevó a cabo grandes empresas. Pero muy pronto, la desazón volvió a invadirlo; era un sentimiento horrible que no lo dejaba ser feliz ni disfrutar su nueva vida, sino que se pasaba el tiempo vagando por las callejuelas y rincones de la ciudad.
     Una noche, después de pasar todo el día caminando sin rumbo, sumido en un gran desasosiego, soñó con una pequeña ciudad desierta, cuya mágica cualidad era que lo hacía sentirse feliz. Al despertar, sólo pudo recordar un jardín bellísimo, lleno de sol y de flores espléndidas; era un recuerdo tan claro, tan dulce, que se sintió aún más miserable que antes al darse cuenta de que había sido sólo un sueño. 
     Así, el príncipe pasaba cada vez más tiempo dormido, soñando con su ciudad mágica, que despierto. Poco a poco, abandonó sus empresas y a las personas que había conocido en Crisálida, y siempre que tenía que estar despierto se sentía solo y miserable, por lo que se volvía a dormir y soñaba con la ciudad mágica que, noche a noche, se fue poblando, y sus habitantes eran la gente más guapa y más buena que hubiera conocido nunca, pues todos lo amaban y lo invitaban a sus casas como huésped de honor.
     En una de esas veladas con sus huéspedes mágicos, le contaron que había aparecido por la ciudad una extraña criatura y que el Consejo del Pueblo ofrecía una recompensa a quien la capturara para exhibirla en el zoológico de la ciudad mágica. 
     -Pero, ¿qué criatura es ésa?- preguntó el príncipe.
     -No se sabe con certeza; vuela, como un pájaro, pero está en llamas, como si en lugar de plumas tuviera el cuerpo cubierto con lenguas de fuego.
     El príncipe se maravilló con solo imaginarla y, como le gustaba la cacería, se puso a pensar cómo podía capturar a la extraña criatura. Preguntó dónde la habían visto y se dio a la tarea de buscarla. Pasaba sus días en Crisálida y sus noches en la ciudad mágica, pensando en el pájaro ígneo; pero cuanto más lo buscaba, más lo eludía y más se obsesionaba.
     Sucedió entonces que, estando despierto y vagando por Crisálida, se topó con una pequeña tienda que nunca antes había visto y que atendía una joven dulce y triste, la cual se encontraba platicando con una clienta, una mujer que no parecía tener ningún atributo especialmente atractivo, pero que al momento de mirarlo y sonreírle, hizo que el príncipe, por un momento fugacísimo, se sintiera completo y satisfecho consigo mismo. De este modo y durante un tiempo, el príncipe olvidó la ciudad mágica y dedicó sus días a reunirse con aquella mujer, que se llamaba Tsitsa y quien resultó ser una mujer de gran bondad y sabiduría.
     Sin embargo, a pesar del amor que ella le profesaba y de lo bien que se sentía a su lado, a él empezó a parecerle que Tsitsa no era tan maravillosa como las mujeres de la ciudad mágica, y la encontró falta de juventud y de belleza, por lo que pronto volvió a sentir la antigua insatisfacción y se alejó de ella para volver a soñar y perseguir a la criatura de sus sueños; pero ésta simplemente había desaparecido.
    El príncipe se entristeció tanto que se enfermó y pasaba los días sumido en un estado de semiconciencia que no lo dejaba ni soñar, ni vivir. 
     Una noche de lluvia, una fiebre altísima se apoderó de él y tuvo una extraña visión:
    Iba caminando por una calle de Crisálida que conocía muy bien, cuando de pronto se sintió perdido; era la misma calle de siempre y, sin embargo, los edificios y las casas le eran extraños; la recorrió de arriba abajo, sin atinar a reconocer nada; entonces se puso a caminar por las calles aledañas, pero ninguna despertaba ecos en su memoria. El príncipe se sintió muy nervioso, porque por mucho que caminara, no llegaba a ningún lado; sin embargo, siguió en su empeño, convencido de que en algún momento tenía que encontrar algo conocido: un árbol, una casa o un rostro.
     Ya comenzaba a desesperar cuando, al doblar una esquina, se topó con un pequeñísimo jardín en el que sólo había un rosal y un durazno que ya empezaba a perder sus hojas; y en una rama del durazno, se encontraba posado el pájaro más bello que había visto nunca en su vida: era más grande que un ganso y tenía unas bellísimas plumas doradas que desprendían cientos de diminutas lenguas de fuego. El ave se espantó al verlo y agitó sus grandes alas, provocando una lluvia de chispas a su alrededor.
     -Yo sé quién eres- le dijo el ave -y sé lo que quieres; pero no lo vas a obtener, hasta que recuerdes quién eres.
     El príncipe, que miraba lleno de asombro al pájaro, logró balbucir:
     -Yo sé perfectamente quién soy.
     El pájaro lo miró con desaprobación y le dijo:
     -Entonces, dime tu nombre.
     El príncipe abrió la boca para pronunciarlo, pero de pronto se dio cuenta de algo extraordinario: ¡la voz del pájaro era exactamente igual que la de Tsitsa! Y en ese momento, olvidó su propio nombre; por más que se esforzó, no fue capaz de recordarlo.
     El pájaro se rió de él y, alzando el vuelo, le gritó:
     -¡Regresa cuando recuerdes quién eres!

A la mañana siguiente, el príncipe se despertó, empapado en sudor y muy sediento, pero con la mente clara. Junto a él, brillando bajo la luz matutina, una pluma dorada resplandecía. El príncipe la tomó entre sus manos y la acarició, encantado con su tacto suave y cálido, y tomó una decisión.
     Se levantó, tomó un baño, se puso sus mejores vestidos y preparó su equipaje para regresar a su reino.
    Al llegar, cuál no fue su sorpresa al ver que su padre lo esperaba en el mismo lugar donde se habían despedido. El rey estaba muy emocionado, lo cual significa que su rostro reflejaba la misma impasibilidad pétrea de siempre, pero al ver a su hijo, clamó: "¡¡Iván!!"
     El príncipe, al oír su nombre en la voz rota por la emoción de su padre, se dio cuenta por primera vez de cuánto lo amaba el rey. Lo abrazó, le ofreció la pluma de fuego y pasó la noche contándole a su familia sus aventuras. 
     Muy temprano, a la mañana siguiente, su padre se acercó a su habitación antes de que todos se levantaran. Se sentó en la orilla de la cama y sin decir nada, le tendió la pluma de fuego. Iván la tomó de las manos del rey, lo miró a los ojos y le echó los brazos al cuello, como si fuera un niño. Su padre lo rodeó con sus brazos y, sonriendo, le preguntó: "entonces, ¿qué vas a hacer ahora?"
     Un mes después, Iván emprendió el camino de regreso a Crisálida con la esperanza de encontrar a Tsitsa y dispuesto a vivir una vida digna del regalo que le había sido ofrecido: su nombre, su linaje y la certeza del amor de su padre.
   
    

martes, 31 de octubre de 2017

Cuando me volví Altazor




Hace dos años estaba preparándome para un viaje en el que no tenía la menor idea de qué iba a encontrar.
            Fui, como se debe ir de viaje a un lugar desconocido: sin más expectativas que dejarme llenar por todo lo nuevo que fuera a presenciar. Llevaba, sin embargo, un par de ideas preconcebidas: que los gringos eran mensos y que hubiera preferido un dormitorio en el campus. Ajá. La mensa era otra.
            Lo que encontré fue una hospitalidad que sólo sentí de niña en casa de mi abuela; una naturaleza helada y colosal, cuya belleza sólo es comparable al olor de la tierra en Oaxaca; un río que borbotea en sentido contrario, que se ensancha y contiene, y se estrecha y casi desaparece pero fluye, incesante; y creo que hasta que lo vi no entendí cabalmente la figura de la vida como un río. Mi vida, como ese río.
Encontré una casa llena de mujeres, distintas entre sí como el cielo del mar, serias, reidoras, burlonas, comprensivas, chispeantes, calladas, inteligentes, todo a la vez; sus ojos, su piel y su sangre es distinta, vienen de distintas tierras e incluso son de distintas especies, pero una de ellas, como un faro, nos atrajo a todas -ya me incluyo, cómo no- para vivir juntas en esa casa hermosa y convertirnos en familia.
Encontré un cielo bajito que me acunaba cada día, y una oscuridad tan negra que hasta a mí me ahuyentó la primera semana; y una universidad chiquita y helada y llena de maravillas, entre ellas, un árbol blanco en el patio, que ha de ser el gemelo del de Gondor. Ahí encontré amigos que hablaban todas las lenguas de la tierra (o al menos así me lo pareció a mí), y maestros a los que era fácil querer con esa devoción torpe e infantil que he sentido siempre que he tenido el placer de estar a cargo de alguien. Una vez oí cantar al abeto que está frente al astabandera, y otra más, oí un canto extraño en el cielo; cuando levanté la vista, descubrí una flecha que volaba: eran gansos, que se llamaban unos a otros mientras migraban y, no sé por qué, me llené de emoción hasta las lágrimas, como si estuviera contemplando un milagro.
Me sorprendí recorriendo calles heladas, a veces brillantes de lluvia, a veces blancas de nieve, una vez, congeladas en invisible hielo negro por el que me patiné mientras los cuervos se reían de mí. Una noche, un coyote me siguió hasta mi casa-faro. Y en las mañanas, las ardillas que viven en el gigante que la custodia, me miraban con desaprobación porque nunca les daba nada de comer.
El día que nevó, los mexicanos no reconocimos la nieve; era muy liviana y no se amontonaba en el piso. La confundimos con aguanieve. Yo estaba desayunando café con un rol de canela cubierto con crema de queso, una cosa enorme y deliciosa que desapareció momentáneamente de mi radar cuando la chica del café me dijo “es nieve” y yo sentí que las lágrimas me subían a los ojos… ¡nieve! Cuando en la noche la vi caer, como pequeños paracaídas que sobrevolaban las calles y que, cómo no, me recordaron a Altazor, mientras cenaba con una de mis profesoras, no di crédito de tanta belleza, de tanta buena suerte.
Me encontré con dos celebraciones impresionantes, propias de diciembre: un servicio religioso cantado -¡era jazz!- seguido de un ritual maravilloso con velas, y los ocho días de Hanukkah; aún puedo escuchar la voz de mi amiga cantando la oración al encender las velas cada noche y aún conservo los regalos con que me obsequiaron esas noches.
Conservo todo; cada foto, cada regalo, cada boleto, cada recuerdo.
Podría seguir, páginas y páginas, describiendo todo lo que vi y sentí en ese viaje, y no lograría explicar qué fue lo que encontré. No fue sólo la belleza monumental de sus árboles... Y no fue sólo el río o las calles, la casa-faro, las ardillas, los gansos, el coyote ni los cuervos burlones; ni la comida dulcísima, ni las bebidas de fantásticos sabores, ni la arquitectura, ni las cenas compartidas, ni hablar otra lengua y reír en ella, ni los paracaídas diminutos de la nieve que caía… sino el asombrado embobamiento con que los miré, la maravilla que me llenaba todo el día, de la mañana a la noche, durante todos los días de ese invierno.
Lo que encontré en Portland fue a mí. A mí, recorriendo a pie esa ciudad, tal como alguna vez caminé la mía. Sí, era yo misma, la de siempre, pero feliz, sin pausas, sin peros, sin fecha de caducidad.

martes, 10 de octubre de 2017

Volver a empezar

Yo no sé qué significa esa luna en medio de este cielo; no lo sé.
       Tras meses del silencio que yo sola me impuse, he de renovar un voto conmigo misma: volver a empezar, una, dos, diez veces, tantas como la vida me lo permita, así, como quien se levanta cada mañana y vuelve a empezar, a veces donde se quedó la noche anterior, a veces sin saber de dónde sacar voluntad para caminar el nuevo día, así mismo he de echar a andar una nueva vida. Y con ella, este nuevo espacio de escritura.
       Es muy poco lo que sé. Y, sin embargo, todo habrá de ser dicho.
       Esto sé: que el amor funciona; por lo general, de maneras raras y retorcidas, pero funciona; he sido testigo de ello; he sido amada y he amado a conciencia, sin pudor, sin vergüenza, con ganas. No sé más, pero eso sí lo sé.
       A saber qué traigan consigo los años por venir... Vida; traerán vida, sin duda. Una vida que escapa y, al mismo tiempo, avanza cada día hacia su muerte.