jueves, 25 de enero de 2018

Jilguero

¿Alguna vez de niños probaron o escucharon u olieron algo maravilloso, y luego se pasaron media vida buscando el objeto al que pertenecía? 
       Pues yo una vez de niña oí un pájaro; fue en Tepoztlán, cuando subí por primera vez al Tepozteco, con los scouts. Era un canto de una belleza sobrecogedora e indescriptible. Lo escuchamos en la cañada y nos quedamos todos muy quietos; puedo recordar exactamente cómo se veía la luz que se colaba entre los árboles, el tapiz verde que decoraba todo a mi alrededor, las escaleras de piedra del ascenso a la pirámide. Y tengo impresa con absoluta claridad la calidad de esa voz, que no podía ser terrenal pero que ahí estaba, llenando cada hueco del aire, fuera y dentro de mí; fue como si mi cabeza se hubiera convertido en una caja de resonancia donde reverberaba el sonido extraordinario. Cuando se detuvo, alguien rompió el silencio para decir que era un cardenal y que no podías encerrarlos, porque dejan de cantar. A mí me pareció muy lógico, porque nadie que esté prisionero puede cantar así.
       Lo volví a escuchar años después, en la calle de Casa Porras, en la calle de Piña; nuevamente, el recuerdo se matiza con la dulzura y los demás recuerdos que rodean el lugar, y de nuevo puedo recordar con detalle la calle y sus sonidos, la casa de mis abuelos, el olor de la cocina, los pilares de la estancia, los mosaicos verdes y negros del piso, resquebrajados, ancianos y amadísimos. Tampoco en esa ocasión pude ver al pájaro.
      Luego lo busqué en youtube y descubrí que no era el canto de un cardenal. Busqué mucho, pasé horas escuchando a diversos pájaros, y todos me parecían bonitos, pero sólo eso: "bonitos". Ninguno me devolvía la experiencia sobrecogedora de aquel otro. En ningún momento se me ocurrió que fuera un jilguero.
       Un "jilguero". Suena a bicho pequeño, corriente y sin chiste. Nadie con ese nombre podía cantar así...
       Hasta que hoy lo volví a escuchar: un canto agudo que descendía por la escala en ángulos sonoros imposibles.
       Me acerqué al sonido; lo fui siguiendo a través de la calle y por entre los puestos del tianguis en el que me encontraba; fue tan inesperado que dudé de lo que estaba escuchando; pensé que quizá era otro sonido que se le parecía, y que yo, a punta de deseo, estaba confundiendo con el canto de aquel pájaro lejano en la escalinata del Tepozteco.
       Lo que vi fue a un hombre distraído, joven y moreno, con las manos ocupadas en su celular, que cargaba a sus espaldas con una pequeña columna de jaulitas de madera, y en la más alta, un pájaro gris, grande, con ojos de obsidiana y plumaje sedoso cantaba feliz de la vida el sonido que persigo desde hace tantos años.
       Me acerqué, babeando; el pajarero alzó los ojos y esbozó una media sonrisa ante mi azoro. "¿Qué es?", le pregunté, señalando con un dedo al animalito. "Es un jilguero cabresto". Me llené de sorpresa; ¿cómo?..., ¿¿un jilguero?? Me moví despacio alrededor de la jaula, contemplando con los ojos y los oídos aquel portento. "Anímese con él", me invitó el pajarero.
       ¡Ay!, ¡cómo quisiera haber aceptado! Pero, ¿cómo voy a comprar y luego mantener en una jaula a alguien que nació con alas, que pertenece al cielo, sólo por capricho, sólo para que cante para mí?
       No lo compré. No me animé ni a preguntar cuánto costaba, porque me dio tristeza pensar que seguramente era barato y, ¿cómo le pones precio a ese canto? 
       Sé que alguien más lo va a comprar. Espero que lo quieran mucho y lo tengan muy consentido. Yo ni siquiera tengo idea de cómo se le haga para consentir a un pájaro, qué comen (¿alpiste?) o a qué juegan.
       De haberlo comprado, hubiera tenido que liberarlo. Lo hubiera escuchado, extasiada, un día entero, y luego lo habría llevado al Tepozteco en su jaulita de madera y lo hubiera dejado ir, con la esperanza de que fuera capaz de volar, de encontrar una parvada que lo aceptara y de alimentarse solo.
       No. No se puede tener encerrado a alguien cuya única forma de expresión es ese canto. Yo puedo cantar; pero la mayor parte del tiempo sólo hablo o emito sonidos horribles, como toses y gruñidos. En cambio él, cada vez que abre el pico, canta. Así nomás. Ésa es su habla. ¿Cómo será eso? ¿Cómo sería hablar y que cada sílaba fuera un trino, que las ideas se convirtieran, sin excepción, cada vez, indefectiblemente, en un canto argentino que parece estar hecho de cuchillos que hienden el aire a una velocidad de vértigo? Un canto imposible que se vuelve posible en ese animalito, en su jaula de madera...

1 comentario:

  1. Yo pienso lo mismo, es un crimen tenerlos enjaulados, mi abuela tenia en su patio y me daban pena verlos, pero ella decia que le hacian el trabajo mas llevadero con su canto.

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